1ra Mención Concurso Sociedad Argentina de Escritores
Filial Tres de febrero
Hugo Cella
El único día que podía estar conmigo y con mis pensamientos, era el domingo. Los sábados eran los peores, aunque desde la mañana y hasta la tarde la podía pasar más o menos bien, pero a la noche prefería no estar viva. En cambio, los domingos cuando iba a misa, escuchaba historias que el Padre Raúl decía con dulzura y a veces, al final, se acercaba y me decía que Diosito siempre perdonaba a las almas que sufrían. Lo escuchaba con devoción, con admiración y sentía como si volviera a mi infancia o a mi adolescencia y podía soñar y volar por el cielorraso de la capilla que estaba tan linda y blanca y pura. También podía sentir el aire santo.
Aunque la historia que contaba el Padre Raúl fuera fea, porque a veces era una historia fea, de muerte, como una que contó cuando un hermano mató al otro, y pensé que yo no quería que ningún hermano matara a nadie porque al fin y al cabo se tienen que querer y no tiene que haber esas broncas, esas envidias entre hermanos, aunque uno me trate de una manera y el otro mejor, si los dos me tenían aunque yo no quisiera y no les decía nada porque a ver si se peleaban como la otra noche que discutieron si había que ir a ese baile o no y yo ahí en el medio como una chitrula sin saber qué decirles, aunque no me iban a dejar decir nada como siempre, como cuando me trajeron a vivir con ellos que aunque yo no quería y me trajeron igual, sin preguntarme nada y el Cristián y el Eduardo parece que sí estaban de acuerdo y no era que yo tuviera a dónde ir, pero tampoco soy una cosa para que anden llevándome de aquí para allá como un paquete, pero un paquete callado no sea cosa que me pegaran o que se pelearan entre ellos, porque el Eduardo muchas veces llegaba en pedo y el Cristián no lo aguantaba.
Por eso yo esperaba el domingo, para irme a la misa a escuchar al Padre Raúl que me respetaba como lo que soy y no como una sierva ni como un pedazo de carne para usar en la cama como hacían ellos que se van alternando noche a noche.
Le conté al Padre Raúl lo que me pasaba y él me dijo que me fuera y ¿a dónde me iba a ir si no tenía nada? Le dije que no tenía nada y me tocó la cabeza y como que rezó algo que no escuché.
También le conté que me salvaba las noches que los dos llegaban mamados y no podían ni con ellos mismos, entonces el Cristián a veces me pegaba, pero el Eduardo me defendía, y a veces era al revés, aunque, por suerte, nunca se ponían de acuerdo. Le conté al Padre Raúl que son dos hermanos que mucho no se quieren y que uno quiere lo que el otro tiene y el Padre Raúl me volvió a contar la historia esa que está en el libro ese que se llama La Biblia y que es muy gordo.
Le dije que esa historia ya me la había contado una vez en misa y que, si no había otra historia, pero me dijo que tenía que recordarla porque en cualquier momento ellos iban a matar a alguien.
Yo ya le había dicho que el Cristián se había cargado a un par en un baile y que la policía sospechaba que el Eduardo, en una de esas, también mató a uno, y el Padre Raúl dijo algo así como que, si Dios quería, el mal podía acabarse solo, y enseguida pidió perdón por haber pensado de ese modo y me dijo que Diosito siempre perdonaba a las almas que sufren.
Le dije que, si se mataban entre ellos, yo qué iba a comer y a dónde iba a vivir, si no tengo ni rancho ni plata y me contestó que mejor me voy de ahí antes de que ocurra una desgracia, y le dije que él mismo me había dicho, hacía un rato no más, que sería una bendición.
No entendía cómo si alguien mataba podía ser una bendición, y me explicó que a veces hay almas que deben ir al infierno, y me fui de la iglesia pensando en lo que me había dicho el Padre Raúl.
Me dijo que no les dijera nada a ver si me pasaba algo. Le dije que, por ahí, era mejor que me pasara algo que ya no aguantaba mucho más, me dijo, “volvé el domingo, que Dios te bendiga”. Y me fui pensando que Diosito me iba a bendecir siempre.
Caminé ese par de leguas hasta el rancherío, cuando llegué vi el revolver en la repisa y a los dos, borrachos, durmiendo la mona.
Me dije: “El domingo que viene voy a misa, me confieso y listo, porque Diosito siempre perdona a las almas que sufren”.