SI DIOS PERDONA

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1ra Mención Concurso Sociedad Argentina de Escritores

Filial Tres de febrero

Hugo Cella

 

El único día que podía estar conmigo y con mis pensamientos, era el domingo. Los sábados eran los peores, aunque desde la mañana y hasta la tarde la podía pasar más o menos bien, pero a la noche prefería no estar viva. En cambio, los domingos cuando iba a misa, escuchaba historias que el Padre Raúl decía con dulzura y a veces, al final, se acercaba y me decía que Diosito siempre perdonaba a las almas que sufrían. Lo escuchaba con devoción, con admiración y sentía como si volviera a mi infancia o a mi adolescencia y podía soñar y volar por el cielorraso de la capilla que estaba tan linda y blanca y pura. También podía sentir el aire santo.

Aunque la historia que contaba el Padre Raúl fuera fea, porque a veces era una historia fea, de muerte, como una que contó cuando un hermano mató al otro, y pensé que yo no quería que ningún hermano matara a nadie porque al fin y al cabo se tienen que querer y no tiene que haber esas broncas, esas envidias entre hermanos, aunque uno me trate de una manera y el otro mejor, si los dos me tenían aunque yo no quisiera y no les decía nada porque a ver si se peleaban como la otra noche que discutieron si había que ir a ese baile o no y yo ahí en el medio como una chitrula sin saber qué decirles, aunque no me iban a dejar decir nada como siempre, como cuando me trajeron a vivir con ellos que aunque yo no quería y me trajeron igual, sin preguntarme nada y el Cristián y el Eduardo parece que sí estaban de acuerdo y no era que yo tuviera a dónde ir, pero tampoco soy una cosa para que anden llevándome de aquí para allá como un paquete, pero un paquete callado no sea cosa que me pegaran o que se pelearan entre ellos, porque el Eduardo muchas veces llegaba en pedo y el Cristián no lo aguantaba.

Por eso yo esperaba el domingo, para irme a la misa a escuchar al Padre Raúl que me respetaba como lo que soy y no como una sierva ni como un pedazo de carne para usar en la cama como hacían ellos que se van alternando noche a noche. 

Le conté al Padre Raúl lo que me pasaba y él me dijo que me fuera y ¿a dónde me iba a ir si no tenía nada? Le dije que no tenía nada y me tocó la cabeza y como que rezó algo que no escuché. 

También le conté que me salvaba las noches que los dos llegaban mamados y no podían ni con ellos mismos, entonces el Cristián a veces me pegaba, pero el Eduardo me defendía, y a veces era al revés, aunque, por suerte, nunca se ponían de acuerdo. Le conté al Padre Raúl que son dos hermanos que mucho no se quieren y que uno quiere lo que el otro tiene y el Padre Raúl me volvió a contar la historia esa que está en el libro ese que se llama La Biblia y que es muy gordo.

Le dije que esa historia ya me la había contado una vez en misa y que, si no había otra historia, pero me dijo que tenía que recordarla porque en cualquier momento ellos iban a matar a alguien.

Yo ya le había dicho que el Cristián se había cargado a un par en un baile y que la policía sospechaba que el Eduardo, en una de esas, también mató a uno, y el Padre Raúl dijo algo así como que, si Dios quería, el mal podía acabarse solo, y enseguida pidió perdón por haber pensado de ese modo y me dijo que Diosito siempre perdonaba a las almas que sufren.

Le dije que, si se mataban entre ellos, yo qué iba a comer y a dónde iba a vivir, si no tengo ni rancho ni plata y me contestó que mejor me voy de ahí antes de que ocurra una desgracia, y le dije que él mismo me había dicho, hacía un rato no más, que sería una bendición.

No entendía cómo si alguien mataba podía ser una bendición, y me explicó que a veces hay almas que deben ir al infierno, y me fui de la iglesia pensando en lo que me había dicho el Padre Raúl.

Me dijo que no les dijera nada a ver si me pasaba algo. Le dije que, por ahí, era mejor que me pasara algo que ya no aguantaba mucho más, me dijo, “volvé el domingo, que Dios te bendiga”. Y me fui pensando que Diosito me iba a bendecir siempre.

Caminé ese par de leguas hasta el rancherío, cuando llegué vi el revolver en la repisa y a los dos, borrachos, durmiendo la mona.

Me dije: “El domingo que viene voy a misa, me confieso y listo, porque Diosito siempre perdona a las almas que sufren”.

 

 

MARCA DE PÁRRAFO

1er premio SADE Atlántica Mar del Plata – diciembre 2025

 

Algo contrariado buscó en el primer cajón del antiguo escritorio de madera. El papel

siempre estuvo ahí. Sin embargo, era evidente que lo había cambiado de lugar y que no podía culpar a nadie. Levantó apenas y con algún esfuerzo, la vieja Underwood. Debajo de la máquina de escribir tampoco había papel.

Se quedó un momento en esa pose de mantener la máquina, pensando qué podría

haber ocurrido con el papel, como mirando de soslayo el piso, sin fijar la vista en algún objeto. Apoyó la máquina con lentitud.

Se levantó de la silla y fue a la cocina. Recordó que guardaba unas hojas, "por las

dudas", en la alacena. Sabía que era un lugar inadecuado y poco usual para guardar papel, pero justamente por eso lo hacía; era el papel de emergencia. Corrió la lata de las galletitas y encontró dos o tres hojas amarillas y sucias con algo que no podía identificar. Pensó que de todas maneras le servirían. Las agarró y volvió hacia el escritorio que estaba en la pequeña sala casi sin muebles, pero con enormes bibliotecas atestadas de lomos, la mayoría rotos.

Con algún sigilo innecesario corrió la Underwood hacia la izquierda de manera que

le quedara espacio para manuscribir. Notó que hacía mucho tiempo que no manuscribía, sobre todo luego de estirar el papel sobre el pequeño espacio del escritorio y comprobar que no tenía lápiz ni lapicera.

Abrió uno por uno los cajones obteniendo en todos los casos, el mismo resultado: no

había con qué escribir. Recordó que, en una lata, guardada hacía varios años en un armario, solía poner bolígrafos y lapiceras de pluma que le regalaban los que creían que colaboraban con la literatura si regalaban eso a un escritor.

Fue al armario. Encontró la lata y vio las lapiceras aparecer como tallos de una planta

reseca por el tiempo. Imaginó lo que podría suceder, tomó la lata y se la llevó al escritorio.

Inmediatamente notó la torpeza. Si quería escribir algo ¿por qué no lo hacía en la Underwood?

Pero al instante recordó el porqué. Agarró la lapicera que parecía estar en mejor estado. Garabateó varios círculos para comprobar que anduviera, que la tinta no se hubiese secado después de tantos años en el armario. Y, justamente, fue lo que pudo comprobar, la tinta se había secado.

La desarmó. No era lo mismo que se hubiera secado a que no tuviera tinta. El tanque

estaba lleno. Se podía solucionar. Fue hacia la cocina y tomó la caja de fósforos. Volvió al escritorio. Intentó encender uno, pero se partió el palillo en el intento. Sacó otro. Este encendió. Acercó apenas la punta de la lapicera a la incipiente y parpadeante llama del fósforo. Rotó la lapicera y apagó el fósforo. Quiso probar si ahora la tinta se había ablandado. Y si bien la tinta ya no estaba en estado sólido, la lapicera tampoco, por lo que se desarmó al apoyarla.

Entonces, prefirió tomar un lápiz. Cuando iba a escribir notó que no tenía punta. Esto

era más fácil que lo anterior. Fue a la cocina y buscó el cuchillo más filoso. Volvió al escritorio. Con la suavidad y la precisión de un joyero, comenzó a afilarlo. Cada medio centímetro de madera que caía, caía al mismo tiempo un trozo de mina, y eso lo obligaba a seguir afilando el lápiz para que apareciera una sección de grafito que le permitiera escribir. En un momento, el lápiz se redujo a un pequeño pedazo inútil de madera cilíndrica, entonces lo arrojó lejos, casi con odio.

Se encogió de hombros.

—Hoy no escribiré nada —se dijo entre dientes mientras tanteaba la Smith&Wesson

que ya estaba cargada, detrás de la Underwood a la que acarició en un gesto de despedida.

NUEVO BLOG - TEXTOS TANGUEROS - HISTORIAS DE MILONGAS

Empecé algo nuevo.

Una serie de relatos sobre la milonga.

No sobre el baile —o no solamente—, sino sobre lo que pasa alrededor: la espera, el cruce, lo que casi ocurre… y a veces se escapa.

Dejo acá el enlace a las primeras historias:  https://historiasdemilongas.blogspot.com/

Después me cuentan si alguna les resulta familiar.

Hugo Cella

VIKINGOS

1er Premio SADE Filial Moreno, Pcia de Buenos Aires, abril de 2026

 

 

     Pensaba que venían en barcos vikingos, con sus pieles, cascos de metal, botas de cuero de oso y una banda cruzada sobre el pecho que sostenía una espada a la altura de la cadera y un enorme escudo a modo de mochila.

 

     Sin embargo, no era así. Sabía que eran trabajadores del puerto que cargaban las bolsas y que, tal vez, habrían llegado en algún barco de esos al puerto de Buenos Aires, con el fin de escapar de la guerra o del hambre europeo.

 

     Tenían la tez oscura, algunos por el sol, otros por sus ancestros. No eran vikingos, sólo les habían prometido una tierra que nunca tuvieron y un porvenir que les fue esquivo.

 

     Me quedé como quien observa la tarea de otro y sabe que no puede evaluar el peso, el dolor, el cansancio que siente aquella persona. Podía ver las manos callosas, algunas con algo de sangre, los brazos transpirados y la barba rala ennegrecida por el hollín y el tiempo, los pantalones rotos y sucios, una soga que hacía las veces de cinturón, algunos con tiradores a los que le faltaban una de las tiras. Uno de aquellos trabajadores fumaba un cigarrillo sentado sobre una caja en un momento de descanso.

 

     Ciertamente los vikingos eran diferentes. Cargados de pieles y de cueros por todos lados, gordos, barbudos, rubicundos, de ojos pequeños y tomados de un mástil o con los brazos en jarra. Suponía que deberían ser así.

 

     En cambio, los que bajaban de los barcos traían sus valijas desvencijadas, tal vez calzaban un saco raído y un sombrero ladeado, obviamente no eran vikingos. Se dispersaban por las calles del centro, o se iban para el sur en donde podían encontrar albergue y después salir a buscar una changa o un trabajo en el mismo puerto en donde habían pisado este país por primera vez.

 

     Ahora los veía trabajar, con grandes bultos en sus espaldas, un gesto ríspido en el rostro duro, manchado por el carbón que descargaban.

 

     Pensé que podría mezclarme con ellos, sentir ese trajín, ese esfuerzo diario, de tantas horas bajo el sol o con frío, o con lluvia. Supuse que esas caras, que parecían increparme y me interpelaban en esa realidad social que les tocaba vivir, podrían hacerme sentir la fajina, sus tristes circunstancias.

 

    Me aproximé cuanto pude y siempre parecía que estaba lejos, porque a cuanto más me acercaba, más me alejaba de los otros barcos, otros hombres se hacían más pequeños, y las caras que tenía cerca se agrandaban, y parecía que no había intersticio en donde pudiera entrar.

 

     Además, en tanto me acercaba a ellos, veía con mayor precisión las rugosidades, las imperfecciones, y perdía la noción de completitud de la situación.

 

     Me detuve a una distancia prudencial de la escena para poder tener una visión menos violenta.

 

     Alguien se me acercó por detrás.

 

     —Señor, así no podrá disfrutar del cuadro. Las obras de este tipo hay que verlas a dos o tres metros. De otra manera, se distorsiona la imagen y se pierde el impacto visual.

 

 Hugo Cella

inédito

 

 

LECTURA EN LA SADE DE MORENO

Llegué a la sede de la Sociedad de Escritores (sede Moreno) con expectativa y algo nervioso, era finalista pero no me habían anticipado ni siquiera si había ganado algún premio.

Cuando nombraron a los premiados, nos presentamos al frente de la reunión junto a los otros autores.

Comenzaron a nombrar a los ganadores, como se hace siempre, desde la mención. Y a medida que nombraban a los autores, nos pedían que leyéramos nuestro cuento.

Pasó la primera mención, buen trabajo. Nombraron al tercer premio y leyó, también un excelente cuento.

Cuando nombraron al segundo premio y no era mi nombre, no quedaba duda, había ganado el primer premio.

Los otros textos eran muy buenos. En la lectura en voz alta aparecen cosas que no siempre se perciben en silencio: el ritmo, las pausas, lo que se dice y lo que queda apenas sugerido.

Leí último.

Mientras leía no miré al público. Nunca sé bien qué hacer con las caras ajenas cuando el texto todavía está ocurriendo. Me limité a sostener el ritmo, a no interferir.

El final produjo ese pequeño silencio que no siempre aparece. Después vinieron los comentarios, algunos al pasar, de gente que no tenía por qué decir nada. Eso, más que el resultado, fue lo que me quedó.

El cuento se llama Vikingos. Había llegado a finalista y el 18/4 me enteré que se trataba del primer premio.

Pienso que, en todo caso, lo que funcionó no fue una idea ni un giro, sino algo más simple: confiar en que el lector puede completar lo que no se dice.

Hugo Cella

Escritor

LA MUJER DE LA ESQUINA

No sé si es una mujer feliz, pero tampoco sé si está herida por el infortunio. A veces la mirada se le pierde entre un posible recuerdo y el deseo de olvidar. Otras, el dolor de un ayer insospechado parece su única compañía, decía Bruno Montes ante mi escepticismo.

Cada noche, ella se para en la esquina de la plaza Juan Martín de Pueyrredón, la misma que la gente suele llamar Plaza Flores. Tiempos y zona de víctimas y victimarios. Lugares desde donde puede arrojarse el alma al mismísimo averno, o alquilar el cuerpo a algún borracho con anhelos de glorias ya desvanecidas. Una plaza que guarda en el misterio el origen de su nombre y del nombre de ella. Como si los nombres fuesen vitrinas de las ilusiones y los sueños que una persona pudiera tener.

El tiempo y las habladurías han hecho de aquella plaza el patíbulo de las injusticias, aunque algunas venganzas puedan contar con la complicidad del tiempo. Es por eso que, si una justicia acontece cuando ya nadie la espera, tiene un doble efecto; el de la venganza, y el de haber engendrado una nueva injusticia.

Sin embargo, deben ser muchos más los que creen saber, no sin soberbia, que ella se llama Karina o Carina, y que por las noches se la encuentra en la esquina de la plaza.

Existe una vetusta leyenda, ya casi abandonada en la indiferencia, que ocupaba los menesteres de las comadres, y que mentaba a una muchacha consumida por la amargura, pero aún con pretensiones de felicidad eterna.

Esta joven mujer, parada en una esquina de la plaza —aunque quizás no fuese la misma esquina que ahora ocupa Karina—, accedió a los reclamos de un cliente. El hombre la habría invitado a viajar en la todavía flamante formación ferroviaria, arrastrada por la locomotora La Porteña, y la habría llevado hasta el barrio de Once de Septiembre donde, según dicen, le ofreció un palacio repleto de servidumbre.

Otra leyenda, quizás la más confiable, versaba sobre esa misma muchacha que, habiendo sido llevada al mismo barrio, habría caído en manos de un vividor, quien le habría hecho trabajar para él durante cinco años. La leyenda culmina en una noche de acusaciones y rencor cuando la muchacha, harta ya del abuso, decidió el destino póstumo del hombre.

Inspiraba este final el hecho casi inobjetable de que la mujer jamás había vuelto a aparecer por la plaza.

Algunos argumentaban que había sido víctima de una demencia incontrolable. Otros, que la cárcel mantenía entre sombras a la desgraciada.

Pero quizá no ataña a este relato las aventuras o desventuras de aquella, que ni su nombre se recuerda y que pudo ser hija de habladurías imposibles de confirmar.

Esta Karina, o Carina, es otra.

Noche a noche se recuesta en el quiosco de flores ya cerrado. Apunta su semblante ario a las luces de neón, y deja que algunos pierdan la mirada al llegar a sus ojos oscuros, mientras la cabellera, del color del león, acaricia los hombros también pálidos y algo tristes. Aprieta entre sus manos el paquete de cigarrillos que consumirá mientras las estrellas cumplen su derrotero y, sin saberlo, escribe su leyenda en las bocas espurias de las comadres, sin otra tarea que la de conjeturar otra historia para el barrio.

Una noche, cuando estaba decidido a irme a dormir sin perder tiempo en los bares, encontré en el camino a Bruno Montes. Insistió —debió hacerlo— en que lo acompañara a tomar un café, y me relató desde sus nerviosos labios la historia que repetiré.

Tal vez Bruno Montes no mereciera crédito alguno. Sin embargo, cuando comenzó a relatarme la historia, tuvo la deferencia de invitarme a su descreimiento.

Como preámbulo, utilizó las palabras más adecuadas: Si usted quisiera creerme. Este prefacio, aunque medroso y artero, me pareció oportuno, y decidí escuchar toda su exposición. El hombre se encogió de hombros cuando me dijo que nunca había vivido en el barrio de Liniers. Tampoco acertó con las palabras cuando cerró los ojos como recordando y pronunció el nombre de la muchacha con alguna melancolía.

La historia, bastante nueva en el folklore barrial, ya tenía como protagonista a aquella muchacha, y pretendía de ella un temple que no podía verificársele a simple vista. También pudo dudarse por algún tiempo si acaso su nombre había sido el de Carina o quizá Karina, y la diferencia de una letra, tan solo la inicial, tenía una importancia suprema, tal vez más allá de la historia misma.

Decía Bruno Montes que esa diferencia en la inicial habría sido el génesis de toda la leyenda, acaso matizada de dramatismo.

Parece que la controversia se fundaba en el origen de la muchacha. Y ese origen haría tambalear la historia o, por lo menos, la cambiaría. Se le atribuía a aquella inicial dos orígenes diferentes. Si el nombre fuera Karina, la muchacha podría haber nacido en Alemania. Si fuera Carina, su origen podría haber sido la provincia de San Juan.

Podrá suponerse que no debía ser muy laborioso discernir entre una alemana y una sanjuanina. Sin embargo, sabido es que la inmigración ha hecho, en la Argentina, sus mezclas genéticas, y hoy pueden verse en la provincia de Misiones gentes que bien podrían ser oriundas de Düsseldorf.

Es notable cómo una cuestión regional provocaba la duda acerca de la naturaleza de Karina, y la convertía en la más intrigante cuestión que hubo de hechizar al barrio de Flores por el término de dos años. Claro que también podría suponerse que conociendo el apellido, la mitad o todo el misterio hubiese estado resuelto. Sin embargo, entre el hermetismo extraño y asombroso que embozaba la vida de la muchacha, y la certeza de saber que cualquier apellido extranjero bien podría tener raíces provincianas, averiguar su apellido no hubiese sido una solución muy práctica.

De todas maneras, continuó Bruno Montes, lo importante de la historia de Karina estaba en la pequeña anécdota que le había tocado vivir desde aquella esquina de la plaza Juan Martín de Pueyrredón hasta el barrio de Liniers, bien al oeste de la capital, casi acariciando la provincia de Buenos Aires.

Cuando traté de apresurarlo, en un gesto inequívoco me dijo que iría a la esencia del relato. Aunque vi en un ademán de aquel hombre, tan ansioso por desarrollar su reseña, que lo desvelaba más el peso de la historia que la historia misma.

Una noche, con el único brillo de las luces amarillas de neón, un automóvil bastante nuevo y lujoso se habría detenido en aquella esquina requiriendo los servicios de la mujer, y ella, luego de haber anunciado su tarifa —aceptada sin retaceos—, habría subido al vehículo.

Al momento noté que los hechos que me relataba Bruno Montes mantenían su verbosidad en un pasado potencial, que se diluía en los supuestos.

El objetivo de la mujer era claro. Sin embargo, el del hombre vagaba entre los servicios de ella y las pretensiones de él. La noche posterior no se vio a Karina en la esquina de siempre, y ya algunas personas comenzaban a bisbisar historias.

Aquí era donde comenzaba a tomar importancia el origen de la muchacha.

Lo miré a Bruno Montes creyendo que en su hastío había inventado una historia sin ilación. Se lo dije. Mi amigo no dudó en contestar que el origen de la muchacha era muy importante, hasta el punto de convertirse en pieza fundamental de la historia. Este país, depósito de inmigrantes en varias ocasiones, también ha sido escondrijo de ideólogos, asesinos y víctimas. En alguna época, era suficiente traspasar la frontera y extraviar los documentos. Así, un apellido germánico o judío se transformaba en un patronímico español.

Parecía que esta historia correspondía a inmigraciones de las postrimerías de la década del cuarenta, cuando el nazismo era ya un símbolo humillado. Aunque también es de considerar que estas inmigraciones tuvieran descendencias, y que muchos comenzaran a sentir este país como su patria. Posiblemente esta historia estuviese protagonizada por dos descendientes de inmigrantes. Karina habría dejado de aparecer en aquella esquina durante dos años, y nadie supo dónde encontrarla.

Algo se supo más tarde de una casa en el barrio de Liniers donde la policía habría hallado elementos de tortura. Se conjeturó también que el dueño de la casa era de origen europeo, de apellido judío, y que sus padres habrían sido víctimas del nazismo.

La chusma unió todos estos datos y elaboró una historia macabra de amor y dolor.

Cuando dos años después Karina apareció nuevamente en aquella esquina, todos la miraban como esperando encontrar en su cuerpo o en su mirada alguna marca de aquello que tal vez solo eran fantasías. Las versiones fueron variando con el tiempo. Pero lo notable fue que una versión no anulaba la anterior, lo que produjo la imposibilidad de comprobar cualquier historia que tuviese como protagonista a Karina.

Algunos supusieron que la muchacha se habría enamorado de algún cliente, y que solo esa habría sido la razón de su ausencia.

Cuando Bruno Montes terminó el relato, lo miré esperando una conclusión coherente.

Bruno Montes me devolvió la mirada con recelo y suspiró.

—Yo estuve con Karina. Vi las marcas. Vi las llagas que solo una mente alucinada podría provocar en un cuerpo tan blanco, tan ario.

Hugo Cella

Inédito

LA ÚLTIMA CARTA

A Marcos no lo abrazaba el fuego de la duda, ni siquiera el simple ardor del interés, aunque algo le llamó la atención. Usar el servicio postal en la era de la cibernética era extraño, pero bien podría ser algún viejo conocido que no tendría su dirección de correo electrónico.

En la época en que todo viaja por el aire o por extraños cables, alguien se atrevía a confiar sus palabras a una fila inacabable de personas falibles. En eso pensaba Marcos mientras se agachaba para recoger la carta que asomaba incólume por debajo de la puerta.

El gesto casi inconsciente, casi heredado, o alguna vez aprendido, de dar vuelta el sobre para saber a quién sentir, a quién escuchar en las palabras que seguramente contendría el papel.

Una sorpresa a medias fue observar que el remitente estaba en blanco. Y era a medias, porque bien podría tratarse de una persona que prefería el anonimato para el resto de los mortales menos para el destinatario y, entonces, dentro de la carta, seguramente se presentaría.

Esta falta de remitente provocó algún nerviosismo, como un apuro injustificado por abrirla; al fin y al cabo, era una simple carta, incluso parecía bastante liviana; lo que le hacía suponer que contendría una hoja, no más.

Al abrirla confirmó la sospecha. La carta estaba conformada por una hoja, una simple hoja escrita de una sólo lado, como si el mensaje no fuera muy importante o por lo menos, el remitente no tuviera mucho para decir.

Tenía el estilo postal clásico, encabezando con el lugar y la fecha a la derecha y un “¡¡Estimado!!”, sin nombre, a la izquierda.

En un momento supuso que podía comenzar a interpretar los signos. El estricto orden epistolar, aquel frío pero protocolar Estimado, sin su nombre, Al principio pensó que era una publicidad y estuvo a punto de tirarla a la basura, pero la curiosidad pudo más. Le llamó la atención el par de signos de admiración al final. Luego sospechó de un viejo amigo al que hacía algunos años no veía, pero sacudió las conjeturas de su cabeza y prefirió seguir leyendo.

Era muy evidente que la carta estaba dirigida a él porque relataba situaciones, hechos, en los que había participado, describía a personas que conocía. Sin dudas, la carta era para él y quien la había escrito lo conocía.

Sin embargo, era corta, muy corta, sólo algunos renglones que no pasaban de diez, y en ese espacio tan reducido, era imposible dilucidar de quién se trataba. Incluso, al ser una carta impresa, no le permitía siquiera inferir el sexo de la persona.

La carta terminaba con un Te mando un abrazo y hasta luego. Tan frío como aquel tempranero ¡¡Estimado!!.

Metió la carta en el bolsillo derecho del saco y salió a trabajar como cualquier día.

Un par de veces, en momentos en los que el trabajo le daba un respiro, Marcos sacaba la carta y le echaba otra ojeada, una relectura que no le permitía obtener información más allá de las letras, de esos signos que para él eran inconclusos.

No había remitente, no había firma. Al llegar a su casa, decidió guardar la carta en un cajón de su placar.

Quince días más tarde recibió otra. La situación era casi idéntica. Encabezada con el mismo ¡¡Estimado!!, la misiva relataba algunas anécdotas y daba algunos nombres. Marcos pensó que detrás de alguno de esos nombres podría ocultarse el misterioso sujeto.

Era una de las tantas conjeturas que se hacía, porque ésta carta tampoco tenía remitente ni firma. La guardó junto con la anterior, pero más con la intención de olvidarla que de ponerse a pensar en los extraños textos.

La tercera, siete días después, lo inquietó aún más. Si tanta era la necesidad de comunicarse con él, no entendía por qué no le daba la oportunidad de una respuesta. Una dirección, un nombre; algo que le permitiera ponerse en contacto. Tal vez necesitara algo y él podría ayudarlo.

Mientras pasaban los días, la inquietud de Marcos crecía en la misma medida que aumentaba su desconcierto.

La cuarta tenía una diferencia con las anteriores; una posdata que decía: Pd.: En unos días cometeré un crimen.

La frase quedó rebotando entre la hoja y sus ojos. Ya no era alguien que lo conocía, sino que se trataba de alguien que confesaba por anticipado un crimen. Y ya no importaba si eran amigos o no, ahora era algo grave, peligroso.

Se preguntó si debía hacer la denuncia a la policía, pero, ¿y qué diría? ¿Que alguien que no sabía quién era, le enviaba cartas que no sabía si eran para él en las que decía que cometería un crimen que no sabía cuál sería? Demasiados potenciales, demasiadas presunciones que no llevaban a nada. No tendría mucho sentido ir a la policía.

Prefirió esperar a la próxima carta en la que posiblemente tuviese alguna información nueva que le permitiera inferir de qué y de quién se trataba.

Los días pasaron con algún escrúpulo, como respetando una rémora innecesaria.

A veces juntaba las cuatro cartas sobre la mesa e intentaba obtener algún patrón de escritura, identificar un estilo, encontrar giros conocidos.

Todo intento era inútil. El remitente se escondía tras la brutal máscara de un anonimato pertinaz.

La carta llegó como siempre; sin saber lo que ella significaba para Marcos. Se deslizó por debajo de la puerta como las anteriores, sin soberbia, sin apuro, con la humildad propia de un papel por debajo de una puerta.

Esta vez, el texto era bastante más corto que en las anteriores, pero la posdata un poco más explícita: Pd.: Mataré a alguien una noche de estas.

La frase era corta pero estremecedora.

Esa posdata le trajo a la memoria aquellas amenazas adolescentes, bravuconadas que denotaban que nada pasaría, “si te agarro te mato” o “vas a ver cuando te agarre”, intimidaciones que no pasaban de simples advertencias y que con el tiempo se perdían en la anécdota o bien se olvidaban para siempre.

Pero al mismo tiempo pensó que, entonces, ya esa frase era una confesión.

Releyó toda la carta, poniendo más atención en la posdata. El texto no sugería nada importante, mucho menos una predisposición de odio hacia alguien.

Durante el tiempo que pasó hasta la próxima carta, la frase de aquella posdata repiqueteaba en su memoria a cada instante.

Las noches se le habían hecho extremadamente largas y el sueño esquivo.

Cada día que pasaba, se levantaba para mirar el filo de la puerta, esperando esa carta que le diera alguna otra pista.

Y la carta llegó.

La abrió con una mezcla entre ansiedad, apuro y temor.

Leyó casi sin prestar atención el texto principal, que para él ya había dejado de serlo.

Casi sin querer saltó a la posdata: Pd.: Será muy pronto. Lo llevaré a un bar y lo emborracharé.

¡Lo!, pensó o lo dijo en voz alta sin darse cuenta. O sea que la víctima será un hombre, infirió en el mismo tono de voz o de pensamiento.

Sin embargo, eso no le daba ningún indicio sobre quién podría ser la víctima.

De una cosa estaba seguro; el crimen ocurriría y no quedaba mucho tiempo.

Marcos ya tenía un dato. Una víctima que sería hombre y que tomaba alcohol, en cantidad, porque de otra manera era imposible que pudiera convencerlo de emborracharse.

Cuando apareció una nueva carta, Marcos aún daba vueltas sobre la posible identidad de la víctima.

Otra no dio importancia al texto principal, y fue directamente a la posdata: Pd: Luego de emborracharlo, le ofreceré llevarlo a la casa. No se opondrá, porque no podrá dar un paso por su cuenta.

Lo tenía todo planeado, filosamente pensado. La víctima, que evidentemente era un conocido, no podría escapar; tampoco lo intentaría, no tenía por qué hacerlo y además, desconocería el futuro trágico que le esperaba tan sólo unos minutos más adelante.

Era un plan macabro.

La noche posterior a la última carta, Marcos tomó todas y comenzó a cortarlas, uniendo cada párrafo de las posdatas.

Obtuvo un relato casi pormenorizado de cómo se llevaría a cabo el crimen. Y nuevamente pensó en recurrir a la policía, pero otra vez, como antes, chocó contra sus propias ignorancias ¿dónde se llevaría a cabo ese crimen? ¿quién sería el victimario y quién la víctima? Nada tenía sentido.

Días más tarde, un nuevo papel asomaba por debajo de la puerta.

Pd.: Lo llevaré lejos. Hacia un lugar despoblado. Lo haré bajar del auto y le pegaré un tiro en la cabeza.

Ante esta nueva andanada de datos, Marcos se sintió desilusionado, porque ya intuía que eso era lo que iba a ocurrir. Le molestó la escasa imaginación del criminal, y por primera vez, le hubiera gustado conocer el remitente para expresarle su indignación.

Recortó esa nueva posdata y la añadió a las otras y salió hacia su trabajo.

Al salir, entre ofuscado y malhumorado, decidió ir a un bar a pensar en las misivas.

Se sentó en la barra y pidió un trago.

—Lo noto preocupado —le dijo un hombre que se sentó al lado de él, en la barra.

—Tonterías, nada importante —contestó Marcos sin siquiera mirarlo.

—¿Mujeres? —preguntó y rio.

—Ojalá, pero no. Creo que tengo un amigo que va a cometer una estupidez.

—¿Vio? Mujeres, como le dije.

—No, no, se trata de otra estupidez, pero no importa, no quiero molestarlo con historias largas y sin sentido.

—Cuente, tengo tiempo de sobra —dijo el hombre pidiendo otra vuelta para los dos.

Hugo Cella

Inédito

SI DIOS PERDONA

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