LA MUJER DE LA ESQUINA

No sé si es una mujer feliz, pero tampoco sé si está herida por el infortunio. A veces la mirada se le pierde entre un posible recuerdo y el deseo de olvidar. Otras, el dolor de un ayer insospechado parece su única compañía, decía Bruno Montes ante mi escepticismo.

Cada noche, ella se para en la esquina de la plaza Juan Martín de Pueyrredón, la misma que la gente suele llamar Plaza Flores. Tiempos y zona de víctimas y victimarios. Lugares desde donde puede arrojarse el alma al mismísimo averno, o alquilar el cuerpo a algún borracho con anhelos de glorias ya desvanecidas. Una plaza que guarda en el misterio el origen de su nombre y del nombre de ella. Como si los nombres fuesen vitrinas de las ilusiones y los sueños que una persona pudiera tener.

El tiempo y las habladurías han hecho de aquella plaza el patíbulo de las injusticias, aunque algunas venganzas puedan contar con la complicidad del tiempo. Es por eso que, si una justicia acontece cuando ya nadie la espera, tiene un doble efecto; el de la venganza, y el de haber engendrado una nueva injusticia.

Sin embargo, deben ser muchos más los que creen saber, no sin soberbia, que ella se llama Karina o Carina, y que por las noches se la encuentra en la esquina de la plaza.

Existe una vetusta leyenda, ya casi abandonada en la indiferencia, que ocupaba los menesteres de las comadres, y que mentaba a una muchacha consumida por la amargura, pero aún con pretensiones de felicidad eterna.

Esta joven mujer, parada en una esquina de la plaza —aunque quizás no fuese la misma esquina que ahora ocupa Karina—, accedió a los reclamos de un cliente. El hombre la habría invitado a viajar en la todavía flamante formación ferroviaria, arrastrada por la locomotora La Porteña, y la habría llevado hasta el barrio de Once de Septiembre donde, según dicen, le ofreció un palacio repleto de servidumbre.

Otra leyenda, quizás la más confiable, versaba sobre esa misma muchacha que, habiendo sido llevada al mismo barrio, habría caído en manos de un vividor, quien le habría hecho trabajar para él durante cinco años. La leyenda culmina en una noche de acusaciones y rencor cuando la muchacha, harta ya del abuso, decidió el destino póstumo del hombre.

Inspiraba este final el hecho casi inobjetable de que la mujer jamás había vuelto a aparecer por la plaza.

Algunos argumentaban que había sido víctima de una demencia incontrolable. Otros, que la cárcel mantenía entre sombras a la desgraciada.

Pero quizá no ataña a este relato las aventuras o desventuras de aquella, que ni su nombre se recuerda y que pudo ser hija de habladurías imposibles de confirmar.

Esta Karina, o Carina, es otra.

Noche a noche se recuesta en el quiosco de flores ya cerrado. Apunta su semblante ario a las luces de neón, y deja que algunos pierdan la mirada al llegar a sus ojos oscuros, mientras la cabellera, del color del león, acaricia los hombros también pálidos y algo tristes. Aprieta entre sus manos el paquete de cigarrillos que consumirá mientras las estrellas cumplen su derrotero y, sin saberlo, escribe su leyenda en las bocas espurias de las comadres, sin otra tarea que la de conjeturar otra historia para el barrio.

Una noche, cuando estaba decidido a irme a dormir sin perder tiempo en los bares, encontré en el camino a Bruno Montes. Insistió —debió hacerlo— en que lo acompañara a tomar un café, y me relató desde sus nerviosos labios la historia que repetiré.

Tal vez Bruno Montes no mereciera crédito alguno. Sin embargo, cuando comenzó a relatarme la historia, tuvo la deferencia de invitarme a su descreimiento.

Como preámbulo, utilizó las palabras más adecuadas: Si usted quisiera creerme. Este prefacio, aunque medroso y artero, me pareció oportuno, y decidí escuchar toda su exposición. El hombre se encogió de hombros cuando me dijo que nunca había vivido en el barrio de Liniers. Tampoco acertó con las palabras cuando cerró los ojos como recordando y pronunció el nombre de la muchacha con alguna melancolía.

La historia, bastante nueva en el folklore barrial, ya tenía como protagonista a aquella muchacha, y pretendía de ella un temple que no podía verificársele a simple vista. También pudo dudarse por algún tiempo si acaso su nombre había sido el de Carina o quizá Karina, y la diferencia de una letra, tan solo la inicial, tenía una importancia suprema, tal vez más allá de la historia misma.

Decía Bruno Montes que esa diferencia en la inicial habría sido el génesis de toda la leyenda, acaso matizada de dramatismo.

Parece que la controversia se fundaba en el origen de la muchacha. Y ese origen haría tambalear la historia o, por lo menos, la cambiaría. Se le atribuía a aquella inicial dos orígenes diferentes. Si el nombre fuera Karina, la muchacha podría haber nacido en Alemania. Si fuera Carina, su origen podría haber sido la provincia de San Juan.

Podrá suponerse que no debía ser muy laborioso discernir entre una alemana y una sanjuanina. Sin embargo, sabido es que la inmigración ha hecho, en la Argentina, sus mezclas genéticas, y hoy pueden verse en la provincia de Misiones gentes que bien podrían ser oriundas de Düsseldorf.

Es notable cómo una cuestión regional provocaba la duda acerca de la naturaleza de Karina, y la convertía en la más intrigante cuestión que hubo de hechizar al barrio de Flores por el término de dos años. Claro que también podría suponerse que conociendo el apellido, la mitad o todo el misterio hubiese estado resuelto. Sin embargo, entre el hermetismo extraño y asombroso que embozaba la vida de la muchacha, y la certeza de saber que cualquier apellido extranjero bien podría tener raíces provincianas, averiguar su apellido no hubiese sido una solución muy práctica.

De todas maneras, continuó Bruno Montes, lo importante de la historia de Karina estaba en la pequeña anécdota que le había tocado vivir desde aquella esquina de la plaza Juan Martín de Pueyrredón hasta el barrio de Liniers, bien al oeste de la capital, casi acariciando la provincia de Buenos Aires.

Cuando traté de apresurarlo, en un gesto inequívoco me dijo que iría a la esencia del relato. Aunque vi en un ademán de aquel hombre, tan ansioso por desarrollar su reseña, que lo desvelaba más el peso de la historia que la historia misma.

Una noche, con el único brillo de las luces amarillas de neón, un automóvil bastante nuevo y lujoso se habría detenido en aquella esquina requiriendo los servicios de la mujer, y ella, luego de haber anunciado su tarifa —aceptada sin retaceos—, habría subido al vehículo.

Al momento noté que los hechos que me relataba Bruno Montes mantenían su verbosidad en un pasado potencial, que se diluía en los supuestos.

El objetivo de la mujer era claro. Sin embargo, el del hombre vagaba entre los servicios de ella y las pretensiones de él. La noche posterior no se vio a Karina en la esquina de siempre, y ya algunas personas comenzaban a bisbisar historias.

Aquí era donde comenzaba a tomar importancia el origen de la muchacha.

Lo miré a Bruno Montes creyendo que en su hastío había inventado una historia sin ilación. Se lo dije. Mi amigo no dudó en contestar que el origen de la muchacha era muy importante, hasta el punto de convertirse en pieza fundamental de la historia. Este país, depósito de inmigrantes en varias ocasiones, también ha sido escondrijo de ideólogos, asesinos y víctimas. En alguna época, era suficiente traspasar la frontera y extraviar los documentos. Así, un apellido germánico o judío se transformaba en un patronímico español.

Parecía que esta historia correspondía a inmigraciones de las postrimerías de la década del cuarenta, cuando el nazismo era ya un símbolo humillado. Aunque también es de considerar que estas inmigraciones tuvieran descendencias, y que muchos comenzaran a sentir este país como su patria. Posiblemente esta historia estuviese protagonizada por dos descendientes de inmigrantes. Karina habría dejado de aparecer en aquella esquina durante dos años, y nadie supo dónde encontrarla.

Algo se supo más tarde de una casa en el barrio de Liniers donde la policía habría hallado elementos de tortura. Se conjeturó también que el dueño de la casa era de origen europeo, de apellido judío, y que sus padres habrían sido víctimas del nazismo.

La chusma unió todos estos datos y elaboró una historia macabra de amor y dolor.

Cuando dos años después Karina apareció nuevamente en aquella esquina, todos la miraban como esperando encontrar en su cuerpo o en su mirada alguna marca de aquello que tal vez solo eran fantasías. Las versiones fueron variando con el tiempo. Pero lo notable fue que una versión no anulaba la anterior, lo que produjo la imposibilidad de comprobar cualquier historia que tuviese como protagonista a Karina.

Algunos supusieron que la muchacha se habría enamorado de algún cliente, y que solo esa habría sido la razón de su ausencia.

Cuando Bruno Montes terminó el relato, lo miré esperando una conclusión coherente.

Bruno Montes me devolvió la mirada con recelo y suspiró.

—Yo estuve con Karina. Vi las marcas. Vi las llagas que solo una mente alucinada podría provocar en un cuerpo tan blanco, tan ario.

Hugo Cella

Inédito

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