Sonó otra vez el
teléfono. Marcial Almeida lo miró rudamente con la intención de acallarlo.
Levantó el auricular y lo soltó en un gesto rápido, sin dudas. Contó hasta diez,
y ahora suena de vuelta, va a sonar ocho, va a sonar nueve, va a son...
miraba el aparato, que volvió a sonar. Esta vez atendió.
—Hola... Ya sé que
sos vos, te conozco la voz Cecilia... sí, pero vos sabés que yo necesito el
teléfono para trabajar... —jugueteaba con el cable —No es que no quiera verte,
es que... claro... yo también... que yo también... —repitió en voz alta —No
tiene sentido... bueno, puede ser mañana... digo que mañana, porque hoy ya es
tarde... bueno, pero dejame usar el teléfono... no, ni yo... que yo tampoco...
está bien, chau, hasta mañana... chau.
Colgó. El calor del
departamento persistía pese a la suave brisa que había comenzado a correr entre
las ventanas abiertas. Marcial miró con desgano la mesa repleta de artefactos
eléctricos a la espera de ser reparados. Luego fue al baño sin calzarse. Trató
de sentir el piso fresco, pretendió que esa sensación le invadiese todo el
cuerpo. Se quitó la remera transpirada, apoyó sus manos en el lavabo y quedó un
momento frente al espejo, se miró.
Pasó la mano por la
barba de tres días, ya tres días y parece tres no sé qué, abrió la
canilla, juntó un poco de agua, se mojó algo el cuello, la cara. Sin secarse,
volvió al cuarto, esquivó algunas ropas, los zapatos, la cartera de ella,
olvidada como un montón de cosas más. Enchufó nuevamente el soldador para
continuar con su trabajo. Sonó el teléfono, otra vez, ¿y ahora qué?
Golpeó la mesa con una mezcla de impaciencia y fastidio. Cerró los ojos.
Pretendió no escuchar, de nuevo, la misma voz que le decía lo mismo, lo que
ya sé, ve a insistir con sus malditas explicaciones. Sonaba.
Atendió.
—Hola —dijo y esperó
la voz de ella.
—¿Cómo? —preguntó
—Si claro, en cinco minutos estoy ahí ¿Me repite la dirección?
Un trabajo
domiciliario, le daría la posibilidad de escapar, por lo menos del teléfono,
y ya no oírla, y creer que mañana puede ser distinto, aunque sepa que todo va a
seguir igual, porque siempre es igual, con ella o con quien fuera.
No era lejos, y así
lo fuese, Marcial parecía dispuesto a caminar lo necesario, con tal de alejarse
de todo.
Hizo sonar el
portero eléctrico, mientras algunas nubes tapaban un poco el sol y hacían la
tarde, algo más soportable, que se nuble, carajo, así por lo menos hace menos
calor y me tiro a dormir cuando llego, y no la veo, y a la mierda el teléfono y
la voz.
Sonó la chicharra de
la puerta. Marcial empujó y abrió.
Pensó que quizás
Cecilia lo llamaría para cambiar la cita o para cancelarla, ya había hecho otras
veces. Bajó del ascensor y oprimió el timbre del departamento C, de Cecilia,
de cama, de casa, de cara, de cansancio. Había resultado una cliente de
mirada algo perdida, pensó Marcial, y fue lo único que observó.
El televisor,
dijo la mujer. Bueno, dijo él. Supuso que Cecilia no volvería, que su
imagen comenzaba a alejarse muy rápido.
Ella dijo que
tenía que salir y no sé qué más, y yo tenía que llamar a Cecilia y decirle que,
Bueno, le dije, ya vuelvo me dijo. Para volver tenía que llamarla y hablarle y
que entendiese.
La mujer salió y cerró la puerta. Marcial miró la ventana cerrada, y el calor
del departamento, y la humedad de su cuerpo, y la ventana cerrada, y la abrió.
Volvió al televisor.
Pretendió encenderlo, pero nada. Empecemos por el cable, se dijo en voz
alta para creer que hablaba con alguien, no con Cecilia, por lo menos, mucho
menos. Con ella menos. Empecemos por las coincidencias, no por las diferencias,
como siempre, ¿me entendés? El cable estaba cortado en la entrada al
televisor, parecía que alguien, deliberadamente le había dado un tirón. Esto
me va a llevar poco tiempo, y ahí está, empecemos por los tiempos, por los míos
que son más urgentes, más chicos, después pasamos a los tuyos.
Lo arregló. En pocos
minutos había terminado. Para mí, terminamos, le había dicho Cecilia y él se
había sentado en el sofá a esperar a esa mujer que había salido a ¿qué?, se
preguntó, pero ya no recordaba.
¿Jarrones chinos
serán?, son tan chicos, y caros,
supuso, porque los dio vuelta, a uno por uno y vio la inscripción "Made In
China", aunque no todo lo que se dice sea cierto, Cecilia dijo tanto no
tan cierto. Dejó el último jarroncito en su estante.
Miró a través de la
ventana, el cielo ya casi cubierto por completo. Música, un poco de música.
Puso un cassette de tangos que encontró sobre el aparato de audio. Pocos
muebles, como acá, así quiero mi casa, ahora que… Lustró los muebles con la
mano, convencido de que pasaba la punta de los dedos por sobre el cuerpo de
Cecilia.
Se tiró en el sofá
otra vez. Encendió un cigarrillo, cómo tarda, van quince o veinte minutos, me
dijo que volvía enseguida, pero tarda, me recuerda a la noche de la tormenta,
cuando Cecilia llegó mojada a la confitería, llovía muchísimo, pero a la hora de
la cita no caía una sola gota, y yo seco, en la espera inútil, seco de lluvia,
seco de ella o de quién, no podía saberlo, y a ella le chorreaba el pelo y
miraba confundida, parecía venir de otro lado y sin ganas de estar ahí, y lo
supe, o me di cuenta, hace tanto que no sé si es recuerdo o vivencia, y pagué y
me fui y te dejé impregnada em alguna mentira por la imaginación, ya sin excusas.
Volvió hacia la
ventana que dejaba entrar un aire pesado, el que presagia una tormenta de
verano. Terminó el cigarrillo, se sentó en el sofá y se estiró para tomar una
revista que había sobre una mesa ratona. Al principio no lo notó y leyó
tranquilo, o no leyó, nada más paseó la vista por algunos artículos, miró sólo
las fotos de manera que rápidamente llegó al final. Entonces la vio.
Cuando dejó la
revista en su lugar, vio el arma, brillante, plateada, lustrosa. La tomó entre
sus manos con suavidad sólo para sentir su peso. No le gustaban las armas. La
peor arma es la indiferencia, le dijo al revolver. Y lo dejó donde lo había
tomado.
¿Tendría miedo de
mí? Yo tengo miedo de vos, me dijo, de tu vida, me dijo, de que me lastimes, me
dijo, ¿y ahora me lo decís?, le dije, ¿después de todo este tiempo?, le dije,
¿me lo decís ahora?, le dije.
Marcial comenzó a
recorrer la casa, ya algo preocupado por la demora de la mujer. Fue al baño.
Cuando salió, no pudo evitar mirar hacia el dormitorio.
Sobre la cama había
alguien, ¿dormido? No, no puede ser, ¿con la puerta abierta?, ¿vestido?
Trató de entender el momento y se acercó a la cama. El hombre estaba muerto. Una
mancha de sangre le cubría la camisa, pero ya no sangraba.
Corrió hacia el
comedor, tomó su valija de herramientas y entendió. Había tocado todo. Lo del
televisor fue una trampa, hija de puta, ¿cómo puede ser? Ella es Sabrina,
me dijo, y a mi ¿qué me importa?, le contesté, es que yo tengo que irme. Ah,
mirá vos, tenés que irte, ¿para qué Sabrina?, una prostituta barata amiga tuya,
¿para qué la cita? Después supe que era una trampa.
Limpiar, pensó,
limpiar todo lo que había tocado, todo, Cecilia, Sabrina, todo, jarroncito
chino, baño, todo, trampa, televisor, todo, revista revolver, todo, ventana,
viento, nubes, todo, todo. Era casi imposible, la trampa había funcionado,
había sido eficaz. ¿En quién confiar?
Tomó el teléfono y
la llamó, para contarle. Para que, aunque fuese por única o última vez, lo
ayudara.
Escuchó el
contestador, atendeme, puta, atendeme. Te espero, siempre te espero, cuando
ya no puedo esperar porque ya no tengo tiempo, porque se me va el tiempo, se me
pierde entre este teléfono, limpiar todo, y vos, y tus engaños, y tus
"no-estás", y atendeme, puta, atendeme carajo, ¿no ves que el jarrón chino y la
revista? Todo, limpio todo y me voy, justo ahora me voy. Y el picaporte y los
muebles y la ventana, y el cielo entre los edificios, y al final te olvido…
atendeme, puta, atendeme mierda.
Sonó el timbre.
La policía. Encima alguien escuchó el tiro y llamó a la policía. Salir. Tiró
el teléfono. Se acercó a la ventana, y voló a buscar a Cecilia, en su último
intento por volver a ella.
Hugo Cella
Del libro: "Al margen del secreto" (1995).