1er Premio SADE Filial Moreno, Pcia de Buenos Aires, abril de 2026
Pensaba que venían en barcos vikingos, con sus pieles, cascos de metal, botas de cuero de oso y una banda cruzada sobre el pecho que sostenía una espada a la altura de la cadera y un enorme escudo a modo de mochila.
Sin embargo, no era así. Sabía que eran trabajadores del puerto que cargaban las bolsas y que, tal vez, habrían llegado en algún barco de esos al puerto de Buenos Aires, con el fin de escapar de la guerra o del hambre europeo.
Tenían la tez oscura, algunos por el sol, otros por sus ancestros. No eran vikingos, sólo les habían prometido una tierra que nunca tuvieron y un porvenir que les fue esquivo.
Me quedé como quien observa la tarea de otro y sabe que no puede evaluar el peso, el dolor, el cansancio que siente aquella persona. Podía ver las manos callosas, algunas con algo de sangre, los brazos transpirados y la barba rala ennegrecida por el hollín y el tiempo, los pantalones rotos y sucios, una soga que hacía las veces de cinturón, algunos con tiradores a los que le faltaban una de las tiras. Uno de aquellos trabajadores fumaba un cigarrillo sentado sobre una caja en un momento de descanso.
Ciertamente los vikingos eran diferentes. Cargados de pieles y de cueros por todos lados, gordos, barbudos, rubicundos, de ojos pequeños y tomados de un mástil o con los brazos en jarra. Suponía que deberían ser así.
En cambio, los que bajaban de los barcos traían sus valijas desvencijadas, tal vez calzaban un saco raído y un sombrero ladeado, obviamente no eran vikingos. Se dispersaban por las calles del centro, o se iban para el sur en donde podían encontrar albergue y después salir a buscar una changa o un trabajo en el mismo puerto en donde habían pisado este país por primera vez.
Ahora los veía trabajar, con grandes bultos en sus espaldas, un gesto ríspido en el rostro duro, manchado por el carbón que descargaban.
Pensé que podría mezclarme con ellos, sentir ese trajín, ese esfuerzo diario, de tantas horas bajo el sol o con frío, o con lluvia. Supuse que esas caras, que parecían increparme y me interpelaban en esa realidad social que les tocaba vivir, podrían hacerme sentir la fajina, sus tristes circunstancias.
Me aproximé cuanto pude y siempre parecía que estaba lejos, porque a cuanto más me acercaba, más me alejaba de los otros barcos, otros hombres se hacían más pequeños, y las caras que tenía cerca se agrandaban, y parecía que no había intersticio en donde pudiera entrar.
Además, en tanto me acercaba a ellos, veía con mayor precisión las rugosidades, las imperfecciones, y perdía la noción de completitud de la situación.
Me detuve a una distancia prudencial de la escena para poder tener una visión menos violenta.
Alguien se me acercó por detrás.
—Señor, así no podrá disfrutar del cuadro. Las obras de este tipo hay que verlas a dos o tres metros. De otra manera, se distorsiona la imagen y se pierde el impacto visual.
Hugo Cella
inédito
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