A Marcos no lo abrazaba el fuego de la duda, ni siquiera el simple ardor del interés, aunque algo le llamó la atención. Usar el servicio postal en la era de la cibernética era extraño, pero bien podría ser algún viejo conocido que no tendría su dirección de correo electrónico.
En la época en que todo viaja por el aire o por extraños cables, alguien se atrevía a confiar sus palabras a una fila inacabable de personas falibles. En eso pensaba Marcos mientras se agachaba para recoger la carta que asomaba incólume por debajo de la puerta.
El gesto casi inconsciente, casi heredado, o alguna vez aprendido, de dar vuelta el sobre para saber a quién sentir, a quién escuchar en las palabras que seguramente contendría el papel.
Una sorpresa a medias fue observar que el remitente estaba en blanco. Y era a medias, porque bien podría tratarse de una persona que prefería el anonimato para el resto de los mortales menos para el destinatario y, entonces, dentro de la carta, seguramente se presentaría.
Esta falta de remitente provocó algún nerviosismo, como un apuro injustificado por abrirla; al fin y al cabo, era una simple carta, incluso parecía bastante liviana; lo que le hacía suponer que contendría una hoja, no más.
Al abrirla confirmó la sospecha. La carta estaba conformada por una hoja, una simple hoja escrita de una sólo lado, como si el mensaje no fuera muy importante o por lo menos, el remitente no tuviera mucho para decir.
Tenía el estilo postal clásico, encabezando con el lugar y la fecha a la derecha y un “¡¡Estimado!!”, sin nombre, a la izquierda.
En un momento supuso que podía comenzar a interpretar los signos. El estricto orden epistolar, aquel frío pero protocolar Estimado, sin su nombre, Al principio pensó que era una publicidad y estuvo a punto de tirarla a la basura, pero la curiosidad pudo más. Le llamó la atención el par de signos de admiración al final. Luego sospechó de un viejo amigo al que hacía algunos años no veía, pero sacudió las conjeturas de su cabeza y prefirió seguir leyendo.
Era muy evidente que la carta estaba dirigida a él porque relataba situaciones, hechos, en los que había participado, describía a personas que conocía. Sin dudas, la carta era para él y quien la había escrito lo conocía.
Sin embargo, era corta, muy corta, sólo algunos renglones que no pasaban de diez, y en ese espacio tan reducido, era imposible dilucidar de quién se trataba. Incluso, al ser una carta impresa, no le permitía siquiera inferir el sexo de la persona.
La carta terminaba con un Te mando un abrazo y hasta luego. Tan frío como aquel tempranero ¡¡Estimado!!.
Metió la carta en el bolsillo derecho del saco y salió a trabajar como cualquier día.
Un par de veces, en momentos en los que el trabajo le daba un respiro, Marcos sacaba la carta y le echaba otra ojeada, una relectura que no le permitía obtener información más allá de las letras, de esos signos que para él eran inconclusos.
No había remitente, no había firma. Al llegar a su casa, decidió guardar la carta en un cajón de su placar.
Quince días más tarde recibió otra. La situación era casi idéntica. Encabezada con el mismo ¡¡Estimado!!, la misiva relataba algunas anécdotas y daba algunos nombres. Marcos pensó que detrás de alguno de esos nombres podría ocultarse el misterioso sujeto.
Era una de las tantas conjeturas que se hacía, porque ésta carta tampoco tenía remitente ni firma. La guardó junto con la anterior, pero más con la intención de olvidarla que de ponerse a pensar en los extraños textos.
La tercera, siete días después, lo inquietó aún más. Si tanta era la necesidad de comunicarse con él, no entendía por qué no le daba la oportunidad de una respuesta. Una dirección, un nombre; algo que le permitiera ponerse en contacto. Tal vez necesitara algo y él podría ayudarlo.
Mientras pasaban los días, la inquietud de Marcos crecía en la misma medida que aumentaba su desconcierto.
La cuarta tenía una diferencia con las anteriores; una posdata que decía: Pd.: En unos días cometeré un crimen.
La frase quedó rebotando entre la hoja y sus ojos. Ya no era alguien que lo conocía, sino que se trataba de alguien que confesaba por anticipado un crimen. Y ya no importaba si eran amigos o no, ahora era algo grave, peligroso.
Se preguntó si debía hacer la denuncia a la policía, pero, ¿y qué diría? ¿Que alguien que no sabía quién era, le enviaba cartas que no sabía si eran para él en las que decía que cometería un crimen que no sabía cuál sería? Demasiados potenciales, demasiadas presunciones que no llevaban a nada. No tendría mucho sentido ir a la policía.
Prefirió esperar a la próxima carta en la que posiblemente tuviese alguna información nueva que le permitiera inferir de qué y de quién se trataba.
Los días pasaron con algún escrúpulo, como respetando una rémora innecesaria.
A veces juntaba las cuatro cartas sobre la mesa e intentaba obtener algún patrón de escritura, identificar un estilo, encontrar giros conocidos.
Todo intento era inútil. El remitente se escondía tras la brutal máscara de un anonimato pertinaz.
La carta llegó como siempre; sin saber lo que ella significaba para Marcos. Se deslizó por debajo de la puerta como las anteriores, sin soberbia, sin apuro, con la humildad propia de un papel por debajo de una puerta.
Esta vez, el texto era bastante más corto que en las anteriores, pero la posdata un poco más explícita: Pd.: Mataré a alguien una noche de estas.
La frase era corta pero estremecedora.
Esa posdata le trajo a la memoria aquellas amenazas adolescentes, bravuconadas que denotaban que nada pasaría, “si te agarro te mato” o “vas a ver cuando te agarre”, intimidaciones que no pasaban de simples advertencias y que con el tiempo se perdían en la anécdota o bien se olvidaban para siempre.
Pero al mismo tiempo pensó que, entonces, ya esa frase era una confesión.
Releyó toda la carta, poniendo más atención en la posdata. El texto no sugería nada importante, mucho menos una predisposición de odio hacia alguien.
Durante el tiempo que pasó hasta la próxima carta, la frase de aquella posdata repiqueteaba en su memoria a cada instante.
Las noches se le habían hecho extremadamente largas y el sueño esquivo.
Cada día que pasaba, se levantaba para mirar el filo de la puerta, esperando esa carta que le diera alguna otra pista.
Y la carta llegó.
La abrió con una mezcla entre ansiedad, apuro y temor.
Leyó casi sin prestar atención el texto principal, que para él ya había dejado de serlo.
Casi sin querer saltó a la posdata: Pd.: Será muy pronto. Lo llevaré a un bar y lo emborracharé.
¡Lo!, pensó o lo dijo en voz alta sin darse cuenta. O sea que la víctima será un hombre, infirió en el mismo tono de voz o de pensamiento.
Sin embargo, eso no le daba ningún indicio sobre quién podría ser la víctima.
De una cosa estaba seguro; el crimen ocurriría y no quedaba mucho tiempo.
Marcos ya tenía un dato. Una víctima que sería hombre y que tomaba alcohol, en cantidad, porque de otra manera era imposible que pudiera convencerlo de emborracharse.
Cuando apareció una nueva carta, Marcos aún daba vueltas sobre la posible identidad de la víctima.
Otra no dio importancia al texto principal, y fue directamente a la posdata: Pd: Luego de emborracharlo, le ofreceré llevarlo a la casa. No se opondrá, porque no podrá dar un paso por su cuenta.
Lo tenía todo planeado, filosamente pensado. La víctima, que evidentemente era un conocido, no podría escapar; tampoco lo intentaría, no tenía por qué hacerlo y además, desconocería el futuro trágico que le esperaba tan sólo unos minutos más adelante.
Era un plan macabro.
La noche posterior a la última carta, Marcos tomó todas y comenzó a cortarlas, uniendo cada párrafo de las posdatas.
Obtuvo un relato casi pormenorizado de cómo se llevaría a cabo el crimen. Y nuevamente pensó en recurrir a la policía, pero otra vez, como antes, chocó contra sus propias ignorancias ¿dónde se llevaría a cabo ese crimen? ¿quién sería el victimario y quién la víctima? Nada tenía sentido.
Días más tarde, un nuevo papel asomaba por debajo de la puerta.
Pd.: Lo llevaré lejos. Hacia un lugar despoblado. Lo haré bajar del auto y le pegaré un tiro en la cabeza.
Ante esta nueva andanada de datos, Marcos se sintió desilusionado, porque ya intuía que eso era lo que iba a ocurrir. Le molestó la escasa imaginación del criminal, y por primera vez, le hubiera gustado conocer el remitente para expresarle su indignación.
Recortó esa nueva posdata y la añadió a las otras y salió hacia su trabajo.
Al salir, entre ofuscado y malhumorado, decidió ir a un bar a pensar en las misivas.
Se sentó en la barra y pidió un trago.
—Lo noto preocupado —le dijo un hombre que se sentó al lado de él, en la barra.
—Tonterías, nada importante —contestó Marcos sin siquiera mirarlo.
—¿Mujeres? —preguntó y rio.
—Ojalá, pero no. Creo que tengo un amigo que va a cometer una estupidez.
—¿Vio? Mujeres, como le dije.
—No, no, se trata de otra estupidez, pero no importa, no quiero molestarlo con historias largas y sin sentido.
—Cuente, tengo tiempo de sobra —dijo el hombre pidiendo otra vuelta para los dos.
Hugo Cella
Inédito
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