1er premio SADE Atlántica Mar del Plata – diciembre 2025
Algo contrariado buscó en el primer cajón del antiguo escritorio de madera. El papel
siempre estuvo ahí. Sin embargo, era evidente que lo había cambiado de lugar y que no podía culpar a nadie. Levantó apenas y con algún esfuerzo, la vieja Underwood. Debajo de la máquina de escribir tampoco había papel.
Se quedó un momento en esa pose de mantener la máquina, pensando qué podría
haber ocurrido con el papel, como mirando de soslayo el piso, sin fijar la vista en algún objeto. Apoyó la máquina con lentitud.
Se levantó de la silla y fue a la cocina. Recordó que guardaba unas hojas, "por las
dudas", en la alacena. Sabía que era un lugar inadecuado y poco usual para guardar papel, pero justamente por eso lo hacía; era el papel de emergencia. Corrió la lata de las galletitas y encontró dos o tres hojas amarillas y sucias con algo que no podía identificar. Pensó que de todas maneras le servirían. Las agarró y volvió hacia el escritorio que estaba en la pequeña sala casi sin muebles, pero con enormes bibliotecas atestadas de lomos, la mayoría rotos.
Con algún sigilo innecesario corrió la Underwood hacia la izquierda de manera que
le quedara espacio para manuscribir. Notó que hacía mucho tiempo que no manuscribía, sobre todo luego de estirar el papel sobre el pequeño espacio del escritorio y comprobar que no tenía lápiz ni lapicera.
Abrió uno por uno los cajones obteniendo en todos los casos, el mismo resultado: no
había con qué escribir. Recordó que, en una lata, guardada hacía varios años en un armario, solía poner bolígrafos y lapiceras de pluma que le regalaban los que creían que colaboraban con la literatura si regalaban eso a un escritor.
Fue al armario. Encontró la lata y vio las lapiceras aparecer como tallos de una planta
reseca por el tiempo. Imaginó lo que podría suceder, tomó la lata y se la llevó al escritorio.
Inmediatamente notó la torpeza. Si quería escribir algo ¿por qué no lo hacía en la Underwood?
Pero al instante recordó el porqué. Agarró la lapicera que parecía estar en mejor estado. Garabateó varios círculos para comprobar que anduviera, que la tinta no se hubiese secado después de tantos años en el armario. Y, justamente, fue lo que pudo comprobar, la tinta se había secado.
La desarmó. No era lo mismo que se hubiera secado a que no tuviera tinta. El tanque
estaba lleno. Se podía solucionar. Fue hacia la cocina y tomó la caja de fósforos. Volvió al escritorio. Intentó encender uno, pero se partió el palillo en el intento. Sacó otro. Este encendió. Acercó apenas la punta de la lapicera a la incipiente y parpadeante llama del fósforo. Rotó la lapicera y apagó el fósforo. Quiso probar si ahora la tinta se había ablandado. Y si bien la tinta ya no estaba en estado sólido, la lapicera tampoco, por lo que se desarmó al apoyarla.
Entonces, prefirió tomar un lápiz. Cuando iba a escribir notó que no tenía punta. Esto
era más fácil que lo anterior. Fue a la cocina y buscó el cuchillo más filoso. Volvió al escritorio. Con la suavidad y la precisión de un joyero, comenzó a afilarlo. Cada medio centímetro de madera que caía, caía al mismo tiempo un trozo de mina, y eso lo obligaba a seguir afilando el lápiz para que apareciera una sección de grafito que le permitiera escribir. En un momento, el lápiz se redujo a un pequeño pedazo inútil de madera cilíndrica, entonces lo arrojó lejos, casi con odio.
Se encogió de hombros.
—Hoy no escribiré nada —se dijo entre dientes mientras tanteaba la Smith&Wesson
que ya estaba cargada, detrás de la Underwood a la que acarició en un gesto de despedida.
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